Mira.
Seguro que la escena te suena.
Entras al cuarto de tu hija, o de tu nieta, y parece que ha estallado una bomba de felicidad.
Gritos.
Música a todo volumen.
Euforia desmedida.
¿La razón? Siete chicos coreanos. BTS. Vienen a Perú (o eso dicen los rumores, o simplemente han sacado un vídeo nuevo, da igual). El caso es que tu hija está eléctrica. Está viva. Tiene esa energía volcánica que te hace sonreír y pensar: «Qué envidia».
Miras la pantalla. Ves a esos chicos. Cantan, bailan, sudan… pero su piel no se mueve. Tienen 30 años, pero parecen de 18. Tienen una piel que parece de mentira. Lisa. Brillante. Perfecta.
Y entonces cometes el error.
Sales del cuarto, vas al baño y enciendes la luz. Esa luz blanca, fría y despiadada que tenemos en los baños de Lima. Te miras al espejo.
Y la sonrisa se te borra.
Porque lo que ves ahí no tiene nada que ver con lo que acabas de ver en la pantalla.
Ves cansancio.
Ves que la cara se te está «Cayendo» un poco hacia abajo. Ves esas líneas al lado de la boca que antes solo salían al reír y ahora se han quedado a vivir ahí, sin pagar alquiler. Ves manchas. Ves sombras.
Y te preguntas: «¿En qué momento pasó esto?».
Piensas en las coreanas de las series. Esas mujeres de 50 años que parecen hermanas de sus hijas. ¿Qué comen? ¿Duermen en formol? ¿Hicieron un pacto con algún dios asiático?
No. Soy el Dr. Edu, y te voy a contar el secreto. El secreto sucio y aburrido que las marcas de cremas caras no quieren que sepas, porque si lo supieras, se les acabaría el negocio.
El error de pintar la fachada
Aquí en Perú nos han educado mal. Nos han dicho que, para verse joven, hay que ponerse cremas. Nos han dicho que si la piel se ve vieja, hay que «estirarla».
Mentira.
Imagínate una casa antigua. Los cimientos están cediendo. Las vigas de madera se han picado. Como consecuencia, las paredes se agrietan y el techo se inclina. ¿Qué hace la mayoría? Compra pintura cara y pinta la fachada. ¿Se ve mejor? Un ratito. Pero la casa se sigue cayendo por dentro.
Ponerse crema en una cara que ha perdido su estructura es pintar una ruina. Queda más bonito, huele rico, pero sigues viendo una casa vieja pintada.
Las coreanas (y los coreanos de BTS) no pintan la fachada. Ellos refuerzan los cimientos. Entienden que la belleza es ingeniería, no magia.
En Imebelle, yo no hago milagros. No tengo varitas mágicas ni agua bendita traída de Seúl. Tengo ciencia.
Y tengo un método.
Lo llamamos «Rejuvenece 10 Años».
Y no, no es cirugía. No te voy a cortar la cara. No te voy a dejar los ojos estirados como si fueras en moto a 200 por hora sin casco. Eso es de los 90. Eso es vulgar.
Lo que hacemos es restaurar la arquitectura de tu cara atacando los tres problemas reales del envejecimiento.
Atenta, porque esto no te lo explica la chica del mostrador de la perfumería.
1. El colchón se rompió (Bioestimulación)
Tu piel es como un colchón. A los 20 años, era nuevo, firme, duro. Te apoyabas y rebotaba. Eso es colágeno. A los 45 o 50, ese colchón tiene los muelles vencidos. La tela sobra y cuelga. Se cae la mandíbula. Se cae el cuello.
La solución no es cortar la tela (cirugía) ni plancharla (cremas). La solución es arreglar los muelles.
Nosotros usamos Bioestimuladores. Son como unos «arquitectos microscópicos» que inyectamos bajo tu piel. No rellenan. No te inflan la cara. Lo que hacen es gritarle a tus propias células: «¡Oye, despierta! ¡Ponte a trabajar!».
Y tu cuerpo, él solito, empieza a fabricar colágeno nuevo a lo bestia. La piel se vuelve a pegar al hueso. Se pone dura. Se pone firme. Recuperas la estructura que tenías hace una década.
2. Tienes cara de enfadada (Neuromodulación)
Mírate el entrecejo. Mírate la frente. Esas arrugas no son de vejez, son de fuerza. Llevas 40 años preocupándote, gesticulando, estresándote. Tus músculos faciales están tensos, como una piedra. Y esa tensión arruga la piel de encima.
La gente tiene miedo a esto. Piensan en esas actrices que parecen muñecas de cera y no pueden mover las cejas. Eso es hacerlo mal.
Yo uso Neuromoduladores para decirle al músculo: «Relájate, amiga. Vete de vacaciones». No te dejo paralizada. Quiero que puedas reírte, llorar en el concierto con tu hija o enfadarte con tu marido. Pero quiero que, cuando estés quieta, tu frente sea un lienzo en blanco. Como de porcelana. Una cara relajada es una cara joven. Punto.
3. Se te apagó la luz (Reposición de Volúmenes)
Con los años, perdemos grasa en la cara (y la ganamos en la cintura, qué ironía). Pierdes pómulo, pierdes sien. Te ves «chupada». La luz hace sombras en tu cara y pareces cansada aunque hayas dormido diez horas.
Nosotros devolvemos esos volúmenes sutiles. Muy sutiles. No para ponerte cachetes de ardilla. Solo para que la luz rebote bien. Para conseguir ese «Glow», ese brillo jugoso que tu hija envidia de los cantantes de K-Pop.
La decisión
Resumiendo. Tu hija va a seguir gritando por sus coreanos. Y hace bien. Tú puedes ir con ella, o puedes quedarte en casa.
Pero lo importante no es el concierto. Lo importante es que, cuando te mires al espejo mañana por la mañana, no veas a una mujer que se está apagando.
Quiero que veas a una mujer que se mira y dice: «Qué bien estoy». Una mujer que no aparenta la edad que dice su DNI. Una mujer que tiene esa piel que parece cara, cuidada y exclusiva.
Eso es lo que hacemos en Imebelle. Ingeniería biológica para que te veas insultantemente bien.
Si quieres seguir gastando dinero en mentiras que prometen oro y te dan cobre, adelante. Es tu dinero. Pero si quieres resultados reales, si quieres estructura, si quieres volver a ver a la mujer que eras… escríbenos.
Agenda una cita. Ven a verme. Te analizaré la cara, te diré la verdad (aunque duela un poquito) y te propondré un plan.
Hazlo por ti. O hazlo para que en las fotos del concierto no parezcas la abuela de tu hija, sino su hermana mayor.
Te espero en consulta.
